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EDITORIAL

¿Extorsión o acto de justicia?

No hagas cosas buenas...

ENRIQUE IRAZOQUI
viernes 14 de febrero 2020, actualizada 7:22 am


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Antier se llevó a cabo en el mismísimo Palacio Nacional una tamaliza auspiciada por el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, donde sus invitados eran nada más y nada menos que los hombres y mujeres más ricos de la república: Carlos Slim Helú, pilar de Telcel, Teléfonos de México, Sears México, Sanborns y decenas de empresas más; Emilio Azcárraga Jean, presidente de Grupo Televisa; Alejandro Ramírez, líder de Cinépolis; Daniel Servitje, de Bimbo; entre otros tantos capitanes de grandes capitales que hicieron acto de presencia.

El motivo del convite fue particularmente un exhorto que el presidente les hizo a los miembros de la élite económica mexicana a que voluntariamente se comprometieran con el primer mandatario del país a participar en una lotería organizada para costear lo que ha representado el avión presidencial.

Dicha aeronave, un Boeing 878-800 denominado por el propio fabricante como Dreamliner -línea de ensueño- de última tecnología, ha sido símbolo para muchos mexicanos del régimen faraónico y derrochador de los sexenios anteriores al que el actual presidente combatió con vehemencia por muchos años, particularmente en su eterna campaña presidencial del 2006 al 2018, año en que finalmente obtuvo el triunfo de manera contundente en las urnas.

Al término del evento, los empresarios más poderosos de México se limitaron a señalar que la cena había transcurrido de la manera más cordial y que por supuesto estaban dispuestos a colaborar con la invitación que les acababa de hacer formalmente don Andrés Manuel de aportar millones de pesos para costear tan particular rifa de la polémica aeronave.

Se dio a conocer en los medios de comunicación que el empresariado ahí reunido recibió una carta donde se comprometían a fondear la lotería. El documento debía ser llenado por cada participante escribiendo su nombre y una dirección en la Ciudad de México donde recibirían el boletaje adquirido.

Pero lo más importante de dicha epístola era una pregunta que se debía llenar con respuestas de opción múltiple. En este caso, se le pide al empresario (a) asistente antenoche a la cena con el presidente elija si desea comprar 20, 50, 100 o 200 millones de pesos en cachitos de lotería. Así nada más. La carta también tenía el número de cuenta respectivo del banco Banorte donde los donantes pueden depositar sus aportaciones.

¡Vaya capítulo de la saga del dichoso avión presidencial!, que desde que AMLO lo señaló como un aparato que ni siquiera Obama (Barack Obama, presidente de los Estados Unidos de América de 2009 a 2017) tenía, lo cual representa una imprecisión, ya que el país más rico del mundo mueve a su Ejecutivo en dos aviones 747, de mayor calado que el 878 mexicano, ha sido producto de lógico enojo colectivo por la naturaleza de su adquisición, hasta la chunga y claro distractor de la agenda nacional cuando los resultados sombríos caen en los hombros de López Obrador.

Es imposible saber con precisión en qué terminará la dichosa aeronave. Lo cierto es que la primera idea de rifarlo sin más ni más de manera pública a través de la Lotería Nacional resultó inviable, aunque el primer dignatario ya lo había subido a la palestra pública.

Sin embargo, AMLO, que tiene un inconmensurable poder incluso ante la plutocracia nacional, sencillamente decidió que este grupo pagara su capricho de la manera de deshacerse del avión.

El presidente de México, que todos los días señala que solo la corrupción es la fuente de todos los males del país y que la combatirá frontalmente todos los días de su gobierno -qué bueno que así sea-, y que es también fuente de división entre los mexicanos, decidió someter a las personas más adineradas de la nación mexicana en este acto de "donación voluntaria".

Lo cual más bien debe mirarse como una extorsión o, si se quiere, como un acto de justicia, porque es evidente que algunas de las grandes fortunas de este país se han hecho al amparo del poder, así que sí, también podría mirarse como un acto de justicia. Cuestión de enfoques.

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