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Columnas la Laguna

ANÉCDOTAS

VIBRATO EN FUGA (PRIMERA PARTE)

HIGINIO ESPARZA RAMÍREZ
viernes 31 de julio 2020, actualizada 8:19 am


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Los reporteros especializados en investigación periodística de la capital del país, presuntamente desestimaron la peligrosidad del Chapo y su sapiencia en la construcción de túneles pues lo ignoraron por largo tiempo sin acercarse en ningún momento al reclusorio para saber si se hallaba sano o quería que lo entrevistaran para quejarse de sus custodios o de las incomodidades de su celda con agujeros en el baño, por ejemplo… o bien darse una vueltecita por los terrenos adyacentes.

Aclaro que de ningún modo dudo de la capacidad profesional de los compañeros periodistas, especialmente de sus intuiciones y perspicacias, pero –insisto- si durante los seis o nueve meses que duró la construcción del túnel en Almoloya hubieran escudriñado una, dos o tres veces por los alrededores de la prisión federal –por aire y por tierra-, habrían descubierto y denunciado públicamente situaciones raras en el entorno o en el comportamiento de los funcionarios responsables de la seguridad carcelaria o bien, hubieran escuchado los ruidos subterráneos que cimbraban el piso tanto de noche como de día o detectar, al menos, los montones de tierra surgidos de la nada.

Cito una experiencia reporteril compartida de los años 90 del siglo pasado cuando se inició la construcción en Gómez Palacio, Durango, de un reclusorio con todos los adelantos de la época en materia de ubicación, solidez, sistemas de resguardo anti fugas áreas y subterráneas, distribución estratégica de celdas, talleres, patios y un aislamiento total del entorno para eliminar la posibilidad de excavar hoyos que fueran a terminar en fincas o casas próximas, que no las había en aquellos tiempos.

La dependencia estatal a cargo de los trabajos, con residencia en Gómez Palacio, emitía boletines sobre los avances pero no revelaba detalles de la obra argumentando la observancia estricta de las normas de seguridad decretadas por la secretaría de Gobernación, de tal manera que existía un secreto hermético al respecto.

Debido a que la nueva prisión se asentaba sobre antiguas tierras de cultivo algodonero que no garantizaban firmeza estructural –al parecer no hubo un estudio previo sobre la resistencia del suelo- uno de los primeros muros perimetrales de casi un metro de espesor, cuatro metros de altura y de ocho a diez de longitud, se inclinó unos treinta grados hacia la parte exterior, jalando hacia la superficie los cimientos de piedra y cemento que lo sostenían. Quedaron a flor de tierra, como se dice.

Los encargados de la edificación no se dieron cuenta inmediata del desplome y más tarde intentaron silenciar a reporteros y fotógrafos que habían cubierto la incidencia a temprana hora de aquel domingo revelador. El señalamiento público a través de la prensa local, obligó a los ingenieros a rehacer toda la cimentación y reforzar el piso con planchas de concreto en puntos estratégicos para eliminar la posibilidad de fugas al estilo Guzmán Loera.

Compañeros periodistas en activo todavía, me acusaron de irreflexivo porque ni con sobrevuelos rasantes diarios en helicóptero sobre el penal de Almoloya, hubiera sido posible descubrir barruntos de la “gran fuga” y menos que un reportero fuera a cubrir a pie grandes distancias perimetrales para saber “dónde saltaba la liebre”, que sí las había.

-Es como si alguien anticipara denuncias sobre matanzas, secuestros, fraudes y escapatorias de resonancia mundial o que predijera tsunamis, temblores, erupciones volcánicas o el número de la lotería nacional que mañana saldrá premiado, señalaron irónicos. Sin embargo, bromearon con supuestos regaños de Peña Nieto a Carmen Aristegui porque no le avisó a tiempo de los preparativos de la huída y sí en cambio, reveló “oficiosamente” las oscuridades de la “casa blanca”.

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