'Lo único que puedo decir es que el virus es real', El Siglo de Torreón
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Torreón

'Lo único que puedo decir es que el virus es real'

Mientras una gran parte de la población todavía piensa que no existe el COVID, la realidad es otra en esta área del hospital

YOHAN URIBE JIMÉNEZ / EL SIGLO DE TORREÓN
TORREÓN, COAH, domingo 09 de agosto 2020, actualizada 5:53 pm

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En el área COVID del Hospital General de Torreón el personal médico que acompaña a los pacientes contagiados en su lucha por vencer a la muerte, camina tan concentrado como cansado, se apoya permanentemente entre sí. Aun cuando viven turnos de 12 horas entre el virus más contagioso que hasta ahora conoce la humanidad, sonríen, bromean y tratan de contagiar a los pacientes con otra cura: el ánimo.

Mientras muchas personas perciben como un alivio en materia económica o social la reapertura de cines, salones de fiesta, quintas, bares, entre otros, para el personal del sector Salud, que día a día hace frente en la primera línea de combate contra la pandemia de coronavirus, estas decisiones los ponen en aprietos, les causan zozobra, ya que el aumento de contagios también crece.

Y es que mientras aumenta el número de sectores económicos que reabren sus puertas en La Laguna como parte de la reactivación económica, también crece la ocupación de camas COVID en el Hospital General de Torreón, que ha tenido que ir sumando áreas destinadas a los pacientes con SARS-CoV-2, así como personal que atienda los seis turnos que esto requiere.

Si en algo coinciden los médicos, enfermeras, camilleros, personal de intendencia e incluso los propios pacientes internados en el área COVID del Hospital General es en que es más peligrosa la ignorancia que el propio virus; y mientras la gran mayoría de personas piensen que el virus no existe, que es un cuento del Gobierno o es parte de una conspiración, estamos lejos de controlar la pandemia.

EVITAR LA SATURACIÓN

El Hospital General comenzó con 16 camas para pacientes diagnosticados con COVID, luego se abrió una segunda fase con 12 camas; actualmente cuenta con 44 camas, un crecimiento que se ha dado debido a la demanda de pacientes con necesidad hospitalaria. El área destinada a tratar el virus se divide en tres: pacientes con cuidados primarios, intubados y terapia intensiva.

El doctor José Luis Cortés, director del Hospital General, explica que han llegado a tener hasta 39 camas ocupadas. Actualmente tienen 37 pacientes, es decir, les quedan cinco camas libres, y generalmente la ocupación de ventiladores es de un 15 a 20 por ciento. Aunque destaca con cierto orgullo que han tenido pacientes recuperados luego de recibir apoyo ventilatorio mecánico.

Los trabajadores de la salud, como explica el doctor Cortés, entienden perfectamente las demandas de los empresarios y trabajadores, que necesitan una reactivación, pero están conscientes de que actividades como asistir a los bares, cines o quintas representan riesgos que ellos ven diferente, porque los miden en número de camas y ventiladores, es decir, en capacidad hospitalaria, y saben el caos que representaría una demanda numerosa de atención.

"La reactivación es importante, siempre y cuando se fomente el uso de cubrebocas, lavado de manos, sana distancia... Lo que pasa es que en la convivencia social se suelen relajar las medidas, eso para nosotros representa un problema, porque el principal objetivo al enfrentar esta pandemia es que bajo ningún motivo se vaya a saturar el sistema hospitalario".

/media/top5/lagLAG5f2ffd601e841jpg.jpg EL ÁREA CRÍTICA

Cuando se ingresa al área COVID el olor a cloro es penetrante, al principio causa náuseas, pero al cabo de una hora el olfato se familiariza. En esa zona en particular del hospital el virus anda en el aire, en el piso, en cualquier objeto que se toque, por eso la lucha la dan intendentes, médicos, camilleros y demás personal, armado de sanitizantes, cloro y una limpieza excesivamente detallada.

Antes de ingresar, Leticia nos explicaría, con la precisión de un relojero, la importancia de ponerse y quitarse de manera adecuada el equipo de protección: dos pares de botas quirúrgicas, el overol blanco completo, dos pares de guantes, un gorro también quirúrgico, los goggles, el cubrebocas y la careta de protección, todo debidamente sellado con cinta. Tal y como se ve en las películas.

Ponerse este equipo de protección puede tomar entre tres y seis minutos, una vez que el personal del área COVID ingresa, no puede retirarse el equipo, no puede tomar agua, por lo que es fundamental estar bien hidratado; tampoco puede ir al baño, porque eso representaría tener que salir del área y retirar el equipo, que es un segundo ritual de entre seis y diez minutos; prácticamente se trata de estar la primera parte del turno, seis horas, sudando, con el calor de estar totalmente cubierto y sin poder ni siquiera rascarse.

Algo que llama la atención es que en el área COVID el personal se olvida de su rango, por llamarlo de alguna manera, nos explica Omar, encargado del área en el turno de la mañana. Ahí, todos se vigilan de manera permanente; doctores, enfermeras, camilleros y personal de intendencia viven atentos a que el equipo de protección de su compañero no tenga ni una falla, han redefinido el concepto de compañerismo para enfrentar a un enemigo invisible, el virus.

El sonido de los respiradores no deja olvidar que se está en el área más crítica del hospital. Cuando se ven pacientes conectados a un aparato de respiración se confirma que el virus es tan real como implacable. Cuando frente al nombre de un paciente aparece la palabra "positivo" se eriza la piel, se guarda silencio y se respeta el virus.

También se entiende el coraje del que nos contarían algunas enfermeras y médicos, quienes en su descanso ven cómo los noticieros dan cuenta de que las playas están abarrotadas, que en la boda de la hija de Alejandro Fernández asistieron más de 1,500 personas y no les importó eso de la sana distancia, o que en Torreón dispersaron en un solo fin de semana más un centenar de festejos; miran al piso y mueven la cabeza como tratando de decir: "cuénteles lo que se vive acá".

/media/top5/lagLAG5f2ffd518e370jpg.jpg TESTIFICAR LA REALIDAD

"Ahorita gracias a Dios estoy estable. Le digo a la gente que piensa que el virus no existe que están mal, que sí es real; acá tenemos unas almas bajadas del cielo (personal médico) que nos cuidan. Gracias a Dios estoy mejorando, a mí me decían que el que entraba a esta área ya no la libraba, pero voy mejorando, llevo seis días acá. Mi esposa también está internada y espero que pronto me den de alta. Lo único que puedo decir es que el virus sí es real", es el testimonio de don Sebastián Lira González, quien actualmente se encuentra internado en el Hospital General.

Don Sebastián tiene 59 años, trabaja en el campo, tiene a su esposa internada por COVID, y llevando a su hermano a tratamiento médico por otros problemas dice pudo haber contraído el virus; lo que siguió fue dolor de huesos, temperatura, dolor de cabeza y un malestar que lo dejó literalmente en el suelo.

Para la señora María Paula Delgado, la sorpresa de tener COVID fue mayor. No salía de casa y se la pasaba con su familia, encerrada; creyó que había contraído una gripe. Cuando los malestares empeoraron, le hicieron la prueba, y lo que más temía: salió positiva. Una hermana suya falleció en Juárez, también de coronavirus; duró tres días internada. Por eso sabe que el virus sí existe y es real. Le dan coraje todas las veces que escuchó a conocidos y personas cercanas negar la existencia de ese "bicho" que hoy la tiene en terapia intermedia.

"Soy de un ejido, mi hija sale a trabajar todos los días y ella fue la primera en contraer el virus. La prueba se la hicieron en el trabajo, mi hija era una de las primeras en decir que no era cierto, que eso era un invento, y, mire, ahora la que está en una cama soy yo. Ojalá las personas que están en la calle puedan entender que esto es un peligro, es una enfermedad muy fea, y ojalá se cuiden", comenta despacio, para no agitarse. Agradece cada vez que alguien platica con ella, le hace más llevadera la estancia en el hospital.

/media/top5/lagLAG5f2ffd3e6194fjpg.jpg AMOR AL OFICIO

Dos enfermeras, Luz María Jasso y Belén Mijares, viven entre el estrés de llevar el virus a su casa y cuidar a su familia. Pero si de algo se sienten orgullosas es de su profesión; dicen que no la cambiarían, y aunque al principio tenían miedo, hoy sienten el orgullo del deber cumplido cada vez que regresan a su casa y pueden contarle a su familia que ellas son parte de los héroes que salvan vidas, que combaten esa extraña enfermedad de la que todos hablan.

"Acá uno está expuesto al contagio, pero es nuestra labor, por eso nos debemos cuidar, para no ser transmisoras del virus afuera. Yo quiero mi trabajo y trato de hacerlo lo mejor, sé que debemos tener un trato especial con los pacientes porque ellos se encuentran deprimidos, asustados, y a veces el único consuelo que encuentran es el que les podemos dar, por eso tratamos de transmitirles buen ánimo", explica Belén.

Luz María se levantó esta mañana, le dejó un globo y un pastel a su hija, es su cumpleaños, se cambió y se vino a combatir el COVID, y lo único que a veces la asusta más que el propio virus es la ignorancia de la gente que sigue comportándose de manera irresponsable. "A veces hasta tenemos que ver cómo los familiares se postran a las afueras del hospital y le gritan a los pacientes, pero eso lo único que genera es riesgo en los que están afuera; se puede abrir una ventana y generar un contagio".

Otra realidad que impresiona es la que nos contarían otros integrantes del sector Salud, quienes además de trabajar en el Hospital General trabajan en el Seguro Social, donde a veces ni equipo de protección les dan, y a diferencia de acá, los protocolos no son tan estrictos; es como si tuvieran que enfrentar dos realidades distintas.

UN LLAMADO COMÚN

Estar en el área COVID de un centro de salud es verificar que la fragilidad humana es cierta, que como especie estamos tan expuestos a la naturaleza que basta con respirar unas cuantas partículas de este virus para caer en una cama y no poder respirar.

"Lo único que les pedimos es que les digan a las personas de afuera que sus actos irresponsables ponen en riesgo no solo su salud, sino la de sus familias, las personas que tuvieron contacto con ellos, pero lo más aterrador es que nos ponen en riesgo como sociedad; nada más bastaría imaginar un escenario en el que no haya camas para ver la letalidad de una pandemia", comenta uno de los doctores que atienden el turno diurno del área.

El personal designado al área COVID en el Hospital General ingresa por otro lado, sale por otro lado, circula por otro lado diferente al que usa el personal médico de las otras áreas, como si portaran permanentemente un letrero de "peligro"; combaten a diario la muerte, trabajan entre un virus diez veces más contagioso que la influenza H1N1.

"Nosotros dependemos únicamente del cuidado de nuestros compañeros, de nuestro equipo de protección y de la fe que nos da hacer nuestro trabajo bien. Yo en lo particular siento una alegría incomparable cada vez que damos de alta a un paciente; es como si todo el esfuerzo valiera la pena, como si le arrebatáramos una vida más al virus", cuenta otra de las enfermeras que trabaja en el área.

Ramón Pichardo es el camillero del área. Sabe que todo el sector Salud está en riesgo desde que la pandemia apareció. Es papá soltero y vive con su hija de ocho años, a la que le explica a diario por qué a veces no la puede abrazar, o le pide que convivan con distancia, porque no va a la escuela, porque esta realidad ha resultado tan difícil para muchos.

"Acá todos tratamos de apoyarnos. No todas las situaciones con los pacientes son iguales; ahora somos más conscientes de dónde estamos, de los riesgos que corremos. Hace rato nos hicieron pruebas, salí negativo, pero este riesgo es diario, lo único que nos acompaña es el protocolo de seguridad que nos puede o no salvar de salir contagiados", comenta Ramón con entusiasmo.

Rosario trabaja en el departamento de intendencia. Su trabajo es fundamental; cada vez que se camina, se mueve un paciente, se traslada material, tiene que desinfectar, sanitizar. El procedimiento se repite cada diez minutos por varias ocasiones, en cada una de las 26 áreas. En su turno no hay tiempo de distraerse, sin embargo, se ha hecho amiga de todos los pacientes, les habla, los acompaña, bromea.

"No me dio miedo ni me asusté. Cuando me dijeron que venía a esta área ni lo pensé; agradezco que tengo trabajo y que estoy aportando algo a un problema como este. Trato de no hablar con nadie de mi trabajo; me da coraje que mucha gente me dice que el virus no existe o que es un invento", dice con su voz segura.

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